El vaivén de España

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  • Serán las 12ª elecciones democráticas y las primeras con Felipe V como Rey de España
  • Pese a la cercanía de los comicios, el panorama político sigue siendo una incógnita
  • Elecciones esperadas para los que ansían el cambio y temidas por el PP

El bipartidismo en España, casi omnipresente desde la instauración de la democracia, ha dado un vuelco inesperado en los últimos cinco años, tras el llamado «movimiento de los indignados» de marzo de 2011. La causa parece estar en el malestar general de la población por la precaria situación económica, la violación de las libertades fundamentales y los continuos escándalos de corrupción en las filas de los principales partidos políticos. Han surgido nuevos partidos como Podemos, nacido como extrema izquierda pero que ha ido moderando su programa. Otros han formado coalición, como la unión de izquierdas Unidad Popular-IU. Finalmente otros han experimentado un auge, como es el caso de Ciudadanos, de centro-derecha. Estos partidos, que promueven la regeneración política, son denominados «del cambio» o «de regeneración». En España se vislumbra una rotura del bipartidismo en las inminentes elecciones generales del 22 de diciembre.

Aun así, reina una gran incertidumbre sobre cómo quedará dividido el panorama político. El actual gobierno del Partido Popular, de derechas, sigue a la cabeza o cerca de ella en los principales sondeos sobre quién gobernará los próximos cuatro años. Este es un gobierno asfixiado por la corrupción y que ejerce políticas claramente antidemocráticas como la injerencia del poder ejecutivo en el judicial, no respetándose el principio de separación de poderes del Estado de Derecho español, y la reforma unilateral del artículo 23 de la Ley Orgánica del Poder Judicial (LOPJ), que pone trabas al ejercicio de la justicia universal. Entonces, ¿por qué se sigue hablando de cuántos votos perderá el PP tanto como del porcentaje que obtendrá Ciudadanos o Podemos? ¿Por qué le resulta tan difícil a la sociedad española deshacerse de un partido corrompido hasta la médula, que atenta contra principios democráticos supuestamente inviolables gracias al amparo de la Constitución Española, y volcarse con el cambio?

Para responder a esta pregunta basta con echar la vista atrás cuatro décadas, con una España aún inmersa en la dictadura franquista. ¿Qué es esto sino historia reciente? La España «democrática» moderna apenas tiene 40 años de antigüedad ya que, aunque la democracia ya existía antes de la dictadura, esta última nos hizo volver al punto de partida. Aunque las nuevas generaciones vean estos sucesos en la lejanía del pasado, el grueso de la sociedad española no ha tenido el tiempo suficiente para olvidar los años de dictadura. El que no los ha sufrido en sus propias carnes, tiene un familiar que sí: padres, tíos o abuelos. Esta memoria reciente, siempre presente en el subconsciente, no causa sino miedo a la incertidumbre que producen los cambios. Bajo este sentimiento, se ha forjado un conformismo que hace gala del refrán «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer».

La estrategia de PP y PSOE pasa por acusar a los nuevos de defender políticas que llevarán a España al desastre

El miedo siempre ha sido la mejor arma del político para controlar al pueblo. Acorde con esto, la estrategia de los partidos tradicionales de la política española, como el PP y el PSOE, es acusar a los partidos de la supuesta regeneración de defender políticas que nos llevarán al desastre, a todo aquello que la sociedad democrática ha construido, y acabaremos como Venezuela o Cuba. Y es que los movimientos de renovación promueven lo que autodenominan «democracia real», en la que el pueblo tenga poder de decisión más allá de las urnas y no se coarten las libertades fundamentales. Esto acabaría con el statu quo actual, lo que hace que los partidos tradicionalistas los acusen de «comunistas» en el sentido peyorativo del término. PP y PSOE no basan sus propuestas en adaptar sus anquilosadas políticas a los tiempos que corren, a las necesidades de la sociedad actual, sino en tratar de desacreditar a sus contrincantes y hacer cundir el pánico. Si es que es más sencillo destruir que construir… ¿o acaso no? El caso es que, a pesar de la ignorancia española de lo que realmente significa el término democracia, la precaria situación ha hecho que mucha gente empiece a plantearse seriamente que quizás sí vale la pena dar un voto de confianza a los partidos del cambio. Esto se ha visto reflejado en los resultados de las elecciones municipales de mayo de 2015, en las que estos consiguieron el gobierno de municipios tan importantes como Madrid o Barcelona. El contento general de los ciudadanos de estos municipios bajo el nuevo mandato, ha reforzado el sentimiento de que el cambio es posible.

Aunque aún no se conoce la cifra exacta, tomando como referencia los comicios de 2011, más de 36 millones de personas están llamadas a las urnas el próximo 20 de diciembre

En la historia reciente de España, hemos sido y somos presentes de la represión de posibles divergencias: tanto durante la dictadura de Franco como bajo la actual Ley mordaza del Partido Popular. Una ley que viola al menos siete derechos fundamentales, otorga un poder cuasi supremo a las fuerzas del orden y reprime la práctica totalidad de actos disidentes: escraches, manifestaciones no autorizadas y obstaculizaciones de desahucios, entre otros. Por eso, es llegados a este punto que debemos sentarnos a reflexionar seriamente sobre en qué hemos avanzado. Y es que la sociedad de clases no es agua pasada, no es una cosa de la Edad Media: la realidad actual en España es que los recursos disponibles para que los que más tienen se enriquezcan más son obscenamente superiores a los que poseen las familias que son desahuciadas para tener un lugar donde vivir. 

Como bien lo expresó Alberto Garzón, secretario general de Unión Popular-IU, este pasado noviembre en el programa de La sexta El objetivo: «El lobby de la gran empresa ha estado gobernando España tanto durante el mandato del PSOE como el del PP». Los políticos saltan de la política a los negocios y viceversa gracias a su poder de influencia, práctica denominada «puerta giratoria». Esto provoca conflictos de interés entre la esfera pública y la privada, en una búsqueda del beneficio propio en detrimento del bien común; véanse las imputaciones de Rodrigo Rato. Y es que la imputación de un político no parece significar la muerte política de esa persona, y cuanto menos su muerte civil. Rodrigo Rato fue encarcelado, salió en libertad, y volvió a realizar negocios ilícitos y a recibir préstamos de bancos que se los niegan a gente que vive en la precariedad. Jordi Cañas, exmilitante de Ciudadanos, dejó el partido por su imputación política, pero el mismo partido lo contrató luego como asesor parlamentario. La situación de España hace totalmente honor al dicho español de esto parece la casa de tócame Roque. Haga usted camino al andar, que aunque sea robando, su estamento quedará intacto.

Las reformas laborales de 2010 y 2012 de PSOE y PP han dejado un panorama laboral deplorable en España. Y el empuje a la contratación de desempleados del que se jacta el PP sigue dejando una tasa de desempleo del 22%, un 30% de trabajadores «pobres» y un frenesí de contrataciones precarias en el que a las empresas les sale tan rentable contratar a un desempleado, como despedirlo libremente a los pocos meses para contratar a otro. ¿Acaso esto genera el empleo y riqueza del que se jactaban? Y es que, tanto en lo social como en lo económico, España sigue anclada en tiempos de «hidalgos y escuderos».

Caída estrepitosa en el voto de los españoles que viven en el extranjero. En 2008 votaron el 32% de los que residentes en el exterior mientras que el 2011 solo un 5%. ¿Qué ocurrirá este año?

En definitiva, no está claro si lo que proponen los partidos del cambio saldrá bien: políticas antiausteridad, el establecimiento de una renta básica universal o complementos salariales…; sería precipitado asegurar su éxito. Pero lo que sí está claro es que a día de hoy España vive en una democracia mermada e ilusoria, sedienta de un cambio. El agotamiento de políticas ancladas en el pasado y anquilosadas clama por un cambio en la concepción de la política. Y es que el gobernante se debe al pueblo y no al revés; si echamos la vista al pasado, hagámoslo a tiempos del Imperio Romano en los que la única remuneración de un político era el honor. Los partidos de regeneración tienen una propuesta alternativa real, pero… ¿está España preparada para el cambio?