Correcta hipocresía

  • Los españoles tienen que intentar dirigir todos sus esfuerzos hacia la crítica constructiva y no destructiva. 

  • La situación actual requiere aparcar la crítica a las formas para centrarse en el contenido.

La política española ya no «deja entrever», sino que muestra abiertamente una tendencia más propia de las antiguas sociedades clasistas en las que el porte contaba más que la persona; y no había la menor intención de ocultar tal rasero. Nada más lejos de desaparecer, esta tendencia se ha acentuado en la sociedad actual, que tanto presume de democrática e igualitaria.

Los políticos se han quedado sin argumentos con los que seguir convenciendo al ciudadano de tener la solución a todos los males. Sus incontables promesas electorales incumplidas o manipuladamente presentadas como éxitos han dado paso a una estrategia universal basada en la crítica y el desprestigio sin tapujos de todo pensamiento opuesto. Se acabó la era de intentar buscar soluciones, lo que ahora tiene tirón es sustentar las estrategias electorales con la crítica de las formas y no con el trasfondo cualquier tema que se tercie.

A nivel europeo, la práctica es simétrica. La aprobación de las expulsiones «en caliente» –por mucho que las intenten disfrazar de otra cosa– de refugiados llegados a las costas europeas a Turquía está amparada por un informe de seguridad fabricado por sus mismos promotores. Este «pacto de la vergüenza» califica a Turquía de país seguro, el único argumento que puede esgrimir la Unión Europea para sortear el impedimento de la Convención de Ginebra sobre las expulsiones sumarias. Un país que no aceptó la cláusula de dicha convención sobre los derechos humanos fundamentales de los demandantes de asilo, ya que los viola constantemente, y en el que la libertad de expresión y de prensa está cada día más cerca de desaparecer por completo. Al mismo tiempo, el país se aproxima a una entrada en la Unión Europea gracias a favores que no responden más que a entresijos políticos y no a los requerimientos iniciales de entrada a la Unión. Asumamos que, por mucho que la prensa comience a denominar esta situación como crisis «migratoria», la realidad seguirá llamándola por su nombre: crisis de refugiados, gente que huye de la guerra.

Este acuerdo califica a Turquía como territorio seguro, si bien en este país la libertad de expresión es muy cuestionable

En enero también fuimos presentes del estupor y disgusto de varios miembros conservadores del Congreso ante el porte de otros miembros de la cámara. Las declaraciones de Celia Villalobos de «No me importan las rastas, pero limpias y sin piojos», en referencia al miembro de Podemos Alberto Rodríguez, o la cara de pasmo del Presidente del Gobierno en funciones al ver al diputado de la formación morada encaminarse a su escaño, demuestran que a la clase política española poco le importa la preparación de una persona si su porte o sus formas no acompañan. Otros han preferido ironizar sobre este tema en el Congreso, protagonizando escenas como el beso entre Pablo Iglesias y Xavier Domènech, que muchos han interpretado como arrogante y provocador.

El pasado febrero fueron encarcelados unos titiriteros en Madrid por mostrar en una obra una pancarta con el mensaje “Gora Alka-ETA”, un juego de palabras que mezcla las organizaciones terroristas Al-Qaeda y ETA. Si bien no es una obra para un público infantil y su representación en la vía pública fue tachada de «desafortunada» por Manuela Carmena, el espectáculo se utilizó para arremeter contra la alcaldía de turno y la autoridad judicial y policial se extralimitó en sus funciones para encarcelar a los autores por apología del terrorismo. Retirar la obra y una reprimenda habría bastado. Lo que pocos se pararon a pensar es que la obra era irónicamente una sátira de tales prácticas políticas, policiales y judiciales, que deforman la realidad para desprestigiar y cargar contra aquellos que piensan de manera diferente, lo que difiere bastante de la presunta apología al terrorismo. Debemos tener presente que aún a día de hoy sigue vigente la Ley Mordaza, que nos impide ejercer nuestro derecho de libertad de expresión.
Pero lo que más llama la atención no es que el circo político siga en las mismas, sino la reacción de los ciudadanos ante estos hechos. La parcialidad de la prensa ha contribuido al embobamiento de la población, que no se toma la molestia de informarse debidamente sobre un tema y contrastar la información que le llega de primeras antes de tuitear su opinión. Parece que, tal como ocurre en la clase política, tiene más razón el que más critica y el que más alza la voz. La crítica está de moda, pero no con argumentos, sino apuntando lo que el resto hace mal. El feudo de los que se ganaban la fama despotricando de los demás ya no está recluido a los medios de información tradicionales e Intereconomía, sino que también ha copado la red. La ciudadanía se ha fundido con la clase política y ha adoptado también como propia la palabra «demagogia».

Poco parece importar que una acción tenga como objetivo un bien común, si no responde a las normas de «corrección» que cada cual considera oportunas. Se aprueban leyes inmorales y contrarias a los derechos fundamentales porque las disfrazan de otra cosa para convertirlas en legales o cambian las reglas que ellos mismos establecieron. Se critica a ciertos diputados por su apariencia sin dignarse a escuchar sus propuestas. Y, en general, se instrumentalizan los poderes estatales, que deberían ser independientes, para defender intereses partidistas que presumen de corrección como estandarte.

Deberíamos detenernos a reflexionar y hacer autocrítica; intentar redirigir nuestros esfuerzos hacia la crítica constructiva, no destructiva. Madurar nuestra lógica y dejar de lado tendencias mainstream y de malentendida corrección que nos abocan a una peligrosa pérdida del raciocinio y, en su extremo, de personalidad propia; una involución en toda regla. En resumen, desterremos el hábito hipócrita de criticar las formas y no fijarnos en lo que realmente importa: el contenido.

 Viñeta irónica sobre la denominada Ley Mordaza / eric drooker

Viñeta irónica sobre la denominada Ley Mordaza / eric drooker

Bruno Martínez Pita

Coruñés residente en Inglaterra desde 2010 y estudiante de Traducción e Interpretación de inglés y francés en la Universidad de East Anglia (Norwich). Culo inquieto, sueña con un trabajo que le permita viajar constantemente.