Jekyll & Hyde


POR Francesca Montemagno

En el ámbito de la producción literaria y, en general, de cualquier medio de comunicación que apunte a contar una historia, podríamos decir que siempre existen dos tipos de autores: los que inventan algo nuevo y los que trabajan modificando lo existente. En efecto, en la historia de la literatura es bastante común encontrar autores que, basándose en las ideas de otros, con sus obras rindan homenaje a su genialidad, explorando, en el mismo tiempo, nuevas posibilidades, como, por ejemplo, Shakespeare y Matteo Bandello, una de sus fuentes de inspiración. Gracias también, más recientemente, a la literatura posmoderna, que se deleitaba con mezclar géneros y tramas, aún hoy seguimos divirtiéndonos en crear pastiches y combinaciones extrañas, que nos permiten encontrar nuevos significados en tramas cuyas novedades ya nos parecían completamente acabadas. Todo lo que hace un guiño al que le precede posee mucho potencial para interesar, en mi opinión, y fue por esto que me acerqué a Jekyll y Hyde, una de las últimas adaptaciones del programa Ficciones Sonoras de Radio Nacional de España, con cierta curiosidad y expectativa. No quedé decepcionada.

Representada por primera vez el jueves 9 de febrero de 2017 en el centro social y cultural “La Casa Encendida”, situado en el corazón de Madrid, Jekyll y Hyde es una libre adaptación de la obra del escritor escocés Robert Louis Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, publicada en 1886. La historia del doctor Jekyll y de su álter ego malvado, Edward Hyde, ha sido adaptada mil y una veces para medios de comunicación sobre todo visuales, películas y series de televisión con varios grados de fidelidad al texto original. Esta vez nos encontramos frente a algo doblemente sorprendente: Jekyll y Hyde es una adaptación para la radio, un tipo de medio algo menos usual (la primera representación, sin embargo, ha tenido lugar delante de un público madrileño entusiasta y se pudo ver en Internet por streaming en directo), y abandona la niebla amarilla del Londres victoriano para pasar a Berlín en los años 1930, al ocaso de la República de Weimar.

Es justo aquí que empieza nuestra historia, el 20 de enero de 1933. El doctor Hermann Jekyll (Pedro Casablanc) está trabajando en su funesto experimento, escuchando en la radio a Hitler arengando a las masas desesperadas de desempleados alemanes (dentro de diez días será canciller), cuando, de repente, recibe una visita: es su amiga (y su antiguo amor) Helga Untermann (Aitana Sánchez-Gijón), personaje del todo ausente en el libro, que se muestra preocupada a causa de los experimentos del doctor y le ruega que los abandone. Sin embargo, como bien sabemos, la trama toma una dirección diametralmente opuesta: el experimento de Jekyll da a luz a Wolfgang Hyde, concretización de carne y hueso de la naturaleza más  violenta, peligrosa y oscura del afable doctor; éste logra controlar a su monstruoso gemelo por un rato, pero, muy pronto, todo se le va de las manos y Hyde, que se hace más y más fuerte, se une a las camisas pardas nacionalsocialistas, cometiendo atrocidades inenarrables que involucran hasta a los amigos de Jekyll y Helga. Al final, como en la novela, lo único que le queda a Jekyll para acabar con su álter ego es suicidarse, muriendo en los brazos de su amada mientras, fuera, las nubes oscuras de la dictadura y de la guerra se acercan.

“Intensa” sería la definición más adecuada para esta adaptación, que deja al oyente con una sensación constante de inquietud, casi de ansiedad, hasta en los momentos más ligeros, que son, de hecho, muy pocos y colocados sobre todo en la parte inicial de los 80 minutos del programa. Desde luego, dicha inquietud está muy justificada: nada tranquilizador podría resultar de la combinación de un cuento sobre la maldad latente en la naturaleza humana y una de las épocas más oscuras de nuestra historia. En este cuento, el mundo exterior, que oscila al borde de una crisis sin precedentes aún consiguiendo guardar su frágil apariencia de normalidad, refleja la psiquis fragmentada del protagonista, escindida entre la voluntad de hacer el bien y la propensión, apenas controlada, al mal. Gracias a este contexto histórico tan particular, que da más realce a la maldad de Hyde, éste llega a representar, casi con más fuerza aquí que en la novela original, el sadismo y la violencia salvaje que pueden esconderse en toda persona al parecer irreprochable. Estos dos rasgos se dirigen específicamente contra los judíos y los opositores políticos del régimen totalitario, como el personaje de Erik, amigo judío de Helga y compañero de partido, que paga por ambas “culpas” un precio muy alto. La violencia tampoco perdona a las mujeres: la introducción del personaje de Helga, en este sentido, es fundamental. Tenemos aquí a una persona fuerte que lucha con valentía por sus convicciones, y que, por eso, se expone a la furia brutal de Hyde, que comparte los recuerdos de su álter ego positivo sobre la mujer a la que amaba y que lo rechazó; es un tipo de violencia quizás aún más siniestro, ya que se basa en impulsos sexuales reprimidos en Jekyll que, en su reverso oscuro, pueden estallar con el fin de reivindicar una forma de dominio machista que no acepta rechazos.

Sin embargo, y para concluir, cabe decir que la fuerza de todo mensaje concebido para la actuación no podría alcanzar semejantes niveles de intensidad si el reparto y el equipo no fueran a la altura; por lo tanto, he de reconocerse el mérito no solamente del poderoso guion de Alfonso Latorre y de la dirección de Benigno Moreno, sino también de los interpretes. Aitana Sánchez-Gijón da su voz a Helga y, con ella, también el vasto abanico de emociones subsiguiéndose en el alma de una mujer de carácter que se enfrenta a situaciones a menudo más grandes que ella y difíciles de entender, como la transformación de su antiguo prometido en un monstruo. Oímos este talento en todo el programa, pero la apoteosis está en el final, donde la actriz logra pasar con agilidad del desdén por las atrocidades cometidas por Jekyll y Hyde al dolor por su suicidio, indicio de un sentimiento que nunca ha muerto. Y sobre Pedro Casablanc, ¿qué podemos decir? Ya se sabía que era actor todoterreno, capaz de infundir en cada una de sus interpretaciones una fuerza expresiva portentosa, que estamos acostumbrados a ver sobre todo en sus numerosos papeles en series de televisión, películas y obras de teatro. Ahora nos ha confirmado que puede hacer lo mismo contando exclusivamente con su voz: el desdoblamiento de timbre entre el respetable y suave doctor Jekyll y el bestial Hyde, con su tono cavernoso, rabioso y nunca caricatural, no es ni más ni menos que formidable, un placer de escuchar durante 80 minutos.