Gran hotel

POR Francesca Montemagno REVISADO POR Pablo Picó Martínez

Hagamos un juego. Pensad en una serie histórica que se desarrolle a primeros del siglo XX, en una ambientación de lujo y prestigio. Añadid una historia de amor principal y unas secundarias, algunas sinceras, otras algo menos, aunque siempre muy complicadas. Poned todo esto en un ambiente donde clases sociales distintas se mezclan, se ayudan, se aman, se odian y se traicionan según lo conveniente. ¿En qué serie habéis pensado? ¿Downton Abbey? Bueno, casi: la serie que os presentamos, Gran Hotel, se parece a la británica Downton Abbey en muchos aspectos, pero tiene más misterios, peligros y elementos de sobra del género policial.

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Todo comienza en 1905 en Cantabria, en el lujoso Gran Hotel de propiedad de la familia Alarcón, donde se está celebrando la llegada de la luz eléctrica al hotel con una gran gala. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce, porque esta maravillosa fiesta se convierte en la ocasión perfecta para ocultar la desaparición de una doncella, Cristina Olmedo (Paula Prendes), que parece saber algo que no debería sobre el hotel y sus propietarios. Un mes después de la fiesta llega al hotel el hermano de Cristina, Julio (Yon González), que, dado que no tiene noticias de ella, se hace pasar por camarero para descubrir lo que le pasó. En esto le ayudan otro camarero, el generoso Andrés (Llorenç González), y la valiente Alicia Alarcón (Amaia Salamanca), hija menor de doña Teresa (Adriana Ozores), dueña del hotel.

A esta primera trama de investigación principal se entretejen tres más a lo largo de las temporadas: un asesino en serie que mata a una mujer cada mes en el ficticio pueblo cercano de Cantaloa, las dudas sobre la misteriosa muerte del antiguo propietario del hotel y padre de Alicia, don Carlos Alarcón (Jordi Bosch) y los misterios que envuelven el pasado de Diego Murquía (Pedro Alonso), novio y luego esposo de Alicia y director del hotel.

A todo este crisol se añaden los problemas privados de los miembros de la familia Alarcón, como, por ejemplo, Javier (Eloy Azorín), el irresponsable hijo varón que siempre acaba metiéndose en problemas, entre mujeres, contrabando y una catastrófica carrera militar. Sin embargo, también las hermanas tienen sus líos: Alicia se enamora de Julio, lo que provoca una gran presión sobre su relación con Diego, y Sofía (Luz Valdenebro), la primogénita, lucha constantemente para que su delicado matrimonio con su marido Alfredo (Fele Martínez) siga adelante, entre niños que nacen, aparecen y desaparecen según lo que se necesite y amores muy complicados de llevar.

Además, dado que la cantidad de robos y delitos que se cometen en el Gran Hotel no puede pasar desapercibida, interviene la justicia, con el que probablemente es uno de los personajes más inteligentes, divertidos e interesantes de toda la serie, el detective Ayala (Pep Anton Muñoz), un Hercule Poirot español que llega a la solución de los crímenes utilizando como armas la deducción y los inventos de la medicina forense. Su ayudante, aunque a regañadientes, es el agente Hernando (Antonio Reyes), una especie de inspector Lestrade holmesiano que sirve más para momentos de comicidad como víctima de la despiadada ironía de Ayala que como asistente.

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No se diría que Gran Hotel esté hecha para reflexionar demasiado: las tramas, a pesar de su creatividad, no carecen de clichés, lo que a veces hace que nos parezca todo un gran culebrón. Sin embargo, a lo largo de la serie nos encontramos con temas interesantes y, en algunos casos, relevantes desde el punto de vista social, como, por ejemplo, la condición de las mujeres a principios del siglo XX, cuando aún su destino pertenecía enteramente a sus padres y, luego, a sus esposos, o también las condiciones de vida de la servidumbre, a la que aún entonces la nobleza, como diría Dickens, no conseguía “considerar como compañeros de viaje hacia la tumba” sino “como seres de otra especie embarcados con otro destino”.

Un tema más de carácter psicológico que a esta servidora pareció sugestivo fue la representación de una pareja en la cual era la esposa la que manipulaba al marido para que siempre se quedara con ella a pesar del mal que ella misma le hacía, lo que rompía completamente con el equilibrio de poderes típico de un matrimonio de aquella época. Y, hablando de parejas disfuncionales, fue desgarrador y trágico asistir a algunos episodios de violencia conyugal y a sus repercusiones sobre la mujer que, en un gesto profundamente humano y desesperado, intentaba limpiarse de todo el mal al que la habían sometido frotándose frenéticamente el cuerpo, como si eso pudiera bastar para desprenderse de todo eso.

Sin embargo, querría acabar con una nota un poquito más alegre, diciendo que en Gran Hotel se ve algo que no es muy usual en series de televisión, o sea historias de amor entre personas que no son muy jóvenes, lo que es normal en la vida real pero menos representado en la pequeña pantalla. Es fascinante, ya que permite ver a los personajes desde una perspectiva diferente, desvelando lados menos conocidos de su personalidad. Lo vemos muy bien en el personaje de la intransigente, integérrima doña Ángela, gobernanta del hotel, interpretada por Concha Velasco, y también en doña Teresa, que bajo la álgida máscara de la formidable, maquiavélica y letal matriarca de la familia Alarcón, esconde una gran vulnerabilidad y una ternura e incertidumbre casi de adolescente totalmente inesperadas.

En conclusión, si estáis en búsqueda de una serie histórica que no os estrese demasiado, con misterios, intensas historias de amor y muerte, además de un vestuario que encanta y fiel a la manufactura de la  época (no se ha utilizado ni una cremallera o pieza de velcro para la ropa y los corsés que veis fueron confeccionados tal y como se hacía al comienzo del siglo XX), entonces ¡el Gran Hotel de Cantaloa os espera!