Relatos cortos

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí 

Habían tres moscas dando vueltas alrededor, no maté a ninguna. Venían y yo esperaba con el diario, las gafas sobre la cabeza y el dominó. Sólo pasaron tres horas, seis y puse la cafetera, cavé un poco justo al lado del antiguo columpio y pinté a mi último nieto. Después, se largaron las moscas y aparecieron los mosquitos, saqué la caja de cigarros y encendí las luces, comí alguna galleta y usé el cárdigan rojo, ordené las fotos del último álbum. Dos semanas, tres meses, tampoco estaban los dos lagartos transparentes de la fachada y ordené la carpeta de los recibos. Di una vuelta alrededor de la parcela y hasta saqué la basura; para entonces, el cerro estaba encogido. A los tres años cambié el sofá y me fui a la cama, desperté con 13 pastillas y Lolo ya no trinaba. Pasé una década pagando y cerrando cuentas y hasta llamé al notario. En las bodas de oro, cambié las lámparas y el buzón; me trajeron un andador. Toby desapareció y era muy viejo. Habían algunos gusanos sobre mi, no pude matar a ninguno.

Relato corto de Augusto Monterroso

Bosquejo de un suvenir

Cada cinco segundos una pequeña piedra cae sobre el tejado con vigas del siglo XVI. Ciertas aves han aprendido a hacer entre los huecos un refugio para el ruido y los huevos del milenio que nos recorre. Cada minuto la gota del grifo de principios del siglo XIX expulsa un liquido amarillento que retumba asincrónicamente en la bañera Roca del siglo XX. El pasillo que conecta el piso 17 A con el 23 B refleja los viernes a las 24 horas los pasos de descanso de fin de semana sobre el brillo enmoquetado de los años 60 de las paredes. La basura del día de ayer espera en los contenedores construidos hace dos años donde hoy mismo, bajando la calle del siglo VII el palacio del XVI se ríe de los nativos del signo de aries que visten ropas de los años 30. El padre de los ochenta fotografía las macetas con los calcetines manchados alrededor de las Nike de los 90.  Las manchas en la calle del empedrado del siglo II A.C compiten entre los huecos con los cigarrillos de las tabacaleras de los 50. Algunos perros dejan su marca sobre la cal de los muros decorados con la filigrana del siglo X y buscan en el silbido los orígenes de una manada escondida tras el romero.