La chica de las escaleras

Hubo una época, que coincidió con un periodo de gran agitación en mi país, en la que estaba totalmente convencido de que no conocería jamás a una mujer capaz de saciar mis deseos. Probé muchos sabores, pero ninguno me complacía a largo plazo.
 Cuando finalmente contraje matrimonio, no fue por amor, sino por pura necesidad. Quería desdibujarme, dejar de existir, reinventar un nuevo ser; más acorde con la sociedad inglesa en la que vivía. Sin embargo, seguía con un vacío que quería llenar, y Siobhan no era la persona con quien llenarlo.

En realidad, no sabía nada sobre mí o mi pasado, ni de lo que se avecinaba. Ignoraba que, al quedarse dormida, yo abandonaba la casa con asiduidad y deambulaba por las calles de la ciudad, con anhelos retorcidos rondándome la mente, anhelos que una simple chica irlandesa nunca podría saciar. El último paseo nocturno fue ordinario, sin embargo, me sentí realmente libre. Quizá fuera esa normalidad el origen de lo que estaba por venir. Mi vida se había convertido en una rutina, y la vida tiende a tomar desviaciones.  

Llegados a este punto de la historia, debo advertiros que suelo dar las cosas por sentado. Esto oculta verdad a medias fabricada con el solo objetivo de mantener la armonía entre la historia y el aspecto dramático de la trama. No miento, pero, de todas maneras, confieso que tampoco digo la verdad.

  Imagen abstracta que representa un conflicto bélico  / FLICK

Imagen abstracta que representa un conflicto bélico / FLICK

Esta confesión y la manera en que os cuento la historia no es debido a un nivel extremo de soberbia, sino de haber aprendido vuestra bonita lengua tras los disturbios en mi país de nacimiento. Vivía en una fuga sin descanso en las calles de Londres, cuando un amable dueño argentino de una librería local me ofreció cobijo. Fue por él que aprendí vuestra lengua mestiza, palabra por palabra, gracias a los libros que tan generosamente me había prestado.
Me aseguró que eran los mejores libros traducidos al inglés, escritos por maestros brillantes de una literatura extranjera y singular. Por todas estas razones, mi historia tiene un tono personal e incluso explica mi afinidad por una verdad subjetiva susceptible a una mirada crítica.

La primera vez que la vi fue durante aquel último paseo por las calles inglesas. En las escaleras que sobresalían de la novena casa, típicamente inglesas y típicamente ordinarias, pude discernir la figura de una joven criatura, fácilmente confundible con un felino a primera vista. Me acerqué a la chica, que aún no había alcanzado la pubertad, y le ofrecí mi chaqueta porque tiritaba de frío. Estaba seguro de que ese gesto de bondad encontraría gratitud por su parte, pero se puso a saltar y a sisear, como si fuera un gato. Al cabo de un rato y gracias a mi astucia y voluntad, logré convencerla de que yo no suponía una amenaza. Nos sentamos un rato en las escaleras, yo y esa belleza felina, que admitió tener algunos años más de los que yo había pensado. Estaba más cerca de los 20 años, quizá más que eso, y, aunque no tenía necesariamente la misma edad que yo, lo que seguramente habría sido más aceptable, tampoco es que fuera una niña sin voluntad propia, una niña que no fuera completamente capaz de hacerme daño e irse enojada en la noche.
Se quedó y conversó con un caballero que solo le podía ofrecer sus ideas acerca de este mundo tan peculiar. Se quedó y lo tomé como señal de un espíritu curioso, ávido a experimentar las cosas más refinadas de la vida. No tardamos mucho antes de subir a su desván en lo alto de la casa angosta.

La chica ignoraba los misterios sexuales, a pesar de haber experimentado anteriormente ciertos placeres eróticos. Todo lo que le mostré de mis numerosas habilidades que mejoraban tras cada encuentro sexual con criaturas parecidas a ella, le cogieron por sorpresa. Se quedó temblando bajo las mantas durante varios minutos. Mientras, yo me levanté de la cama y me acerqué a la ventana de su minúscula vivienda para recuperar fuerzas y observar la complejidad de la ciudad que se extendía a mis pies.

Se quedó temblando bajo las mantas durante varios minutos. Mientras, yo me levanté de la cama y me acerqué a la ventana de su
minúscula vivienda para recuperar fuerzas y
observar la complejidad de la ciudad que se extendía a mis pies.

Me quedé con ella unos días más, dejando que mi trabajo aumentara día a día en mi casa. Mientras, «La Pequeña» y yo, seguíamos descubriendo la frontera salvaje donde el hombre y la bestia se conocen, también empezamos a sentir algo parecido al cariño. Nuestra relación se iba acercando a algo parecido al cariño. Este fue el motivo por el cual se levantó una mañana y se dirigió a la cocina para prepararnos un café. Hacía varios días que no lo tomaba y lo echaba mucho de menos.

El salón, donde me encontraba, sólo tenía dos salas. Yo estaba desnudo debajo de una manta en el sofá-cama, rodeado por el olor de nuestros cuerpos persistentes, investigando los numerosos pliegues de la tela, producto de nuestras alusiones oscuras y mágicas. En la cocina, ella preparaba el café. No llevaba nada aparte de sus bragas rosas, y sus pechos voluptuosos iban saltando con ritmo propio, que supuestamente solo ella comprendía.
Sin apartar la vista del fuego, me dijo desde la cocina que estaba preparando un café que no conocíamos en Inglaterra. Enseguida me di cuenta de qué tipo me estaba hablando, pero aun así la dejé continuar. Siempre estaba tan atenta cuando yo le daba una de mis largas explicaciones que no la quise interrumpir. Me dijo que era café turco y que en su país beben este tipo de café todos los días. Le pregunté si su madre era turca y se echó a reír. «No, mi madre viene de un país mucho más bonito». 

No logré reconocer las pistas, que poco a poco iban desvelándose, porque olvidé todo cuando finalmente abrió la lata de café, dejando escapar un olor delicioso.

Conocía perfectamente la preparación de ese café y, por eso, sabía por qué estaba manteniendo esa posición, al lado del fuego, esperando a que finalmente hirviera el agua, en un pequeño recipiente llamado džezva. Pude seguir el proceso poético de preparar el mejor café que he bebido en toda mi vida y que estaba echando tanto de menos desde que llegué a estas islas.    

  Imagen de dos pares de botas desvencijadas  / FLICKR

Imagen de dos pares de botas desvencijadas / FLICKR

El café turco, a pesar de su nombre específico, no es una especialidad de Turquía, sino de todos los países que habían sido tomados por los otomanos voraces y, de todos estos países, ninguno había sido devastado por esa gente salvaje más que el mío. Era una costumbre que compartíamos todos, ya fuésemos musulmanes, católicos, ortodoxos o comunistas. Se hierve el agua sobre una llama al descubierto en una pequeña olla de forma cónica, el džezva mágico. Una vez que el agua burbujea dentro de la olla hay que retirarla del fuego, añadir la cantidad necesaria de café y azúcar, y luego volver a ponerla sobre la llama.  Poco después el café explota como un volcán y en ese momento se sirve a los impacientes invitados. Tiene un regusto amargo que se esparce en la boca cuando uno se lo toma, debido a la quema ligera de la mezcla en el fondo de la olla en el momento de volver a hervirlo.

Estoy seguro de que habría sido el mejor café de mi vida después de haber tenido sexo completamente sin reservas con una criatura con la mitad de mi edad y el doble de mi agilidad, pero, por desgracia, antes de probarlo y de poder dejar que su aroma glorioso me intoxicara, vi el džezva donde llevaba el café. Pasaron unos segundos hasta que el recuerdo exacto resurgió. Una vez que vino a mi mente, tuve la certeza de haber visto ese mismo objeto, con su diseño intrincado de oro y azul sobre una base de cobre. En otra época, en otro lugar. Los recuerdos del suceso llegaron en forma de imágenes borrosas, como si no hubieran sucedido por mi propia culpa, sino por la de alguna otra criatura extraña que vivió en mi cuerpo en alguna vida pasada. Sin embargo, como esta incorporeidad era la única salvación, volví a ella, antes de que el cambio pudiera convertirse en algo permanente.

Al reconocer el diseño, el džezva evocó unos recuerdos que había estado reprimiendo durante los últimos veinte años. Tiré el objeto lleno de café amargo contra la pared, al lado de la puerta. La mezcla marrón goteaba por la pared agrietada mientras me marchaba del desván, jurándome que jamás volvería.

Ese mismo día, volví con mi predecible Siobhan. Traté de arreglar una relación que realmente no quería arreglar. Aunque le estaba prometiendo que cambiaría por completo, seguía pensando que el džezva de oro y azul de la cocina de «La Pequeña» estaba allá sólo por pura casualidad. Después de un tiempo, me di cuenta de que se me había olvidado mi cartera en su casa. Ahora tenía los medios para encontrarme y esta vez no tenía dónde esconderme.

No logré reconocer las pistas, que poco a poco iban desvelándose, porque olvidé todo cuando finalmente abrió la lata de café, dejando escapar un olor delicioso.

El tercer día después del incidente, aún con miedo de denunciar un documento robado o de cerrar mi cuenta bancaria, sentí un golpe fuerte en la puerta. Al echar un vistazo rápido tras las cortinas de la ventana, vi un coche de policía estacionado fuera de nuestra casa. Reuní el resto de agallas que me quedaban y abrí la puerta, preparado para volver a mi pasado de una vez por todas. «Llévame a La Haya, aunque sea inocente de todo delito».

La reacción del agente no fue para nada como me la había imaginado. «El único crimen, tío, es tardar tanto en abrir esta puta puerta». Me entregó la cartera y mientras estuve ahí parado, en medio de la confusión, no noté que el agente esperara recibir ninguna recompensa, así que se marchó diciendo tacos. Una vez que se metió en el vehículo, murmuró a su compañero que sólo quería darle la recompensa a la chica que había encontrado la cartera. Cerró la puerta del coche y se fue.

Ahí estaba, en mi casa, no en el coche de policía, como había previsto, y poco a poco estaba haciéndome a la idea de que la Casa de Karaman había finalmente caído en el olvido. Al inspeccionar la cartera, no faltaba nada. De hecho, vi una cosa que nunca había visto: una hoja minúscula de papel oculta en el pequeño bolsillo donde guardaba las monedas. Desplegué la hoja… «Te perdono», decía. La hoja se deslizó entre mis manos al apresurarme a su encuentro, preguntándome si de verdad ella sabría

Esta información ha sido revisada por Bruno Martínez, estudiante de Traducción e Interpretación de inglés y francés en UEA y Antonio Parrales, profesor de español de la Universidad de Essex.

Chester Boweman

21 años, nacido en Winchester, traductor e intérprete en ciernes de Español y Francés, guitarrista y amante del vino chileno, Chester estudia cuarto de lenguas modernas (Español) en UEA. Acaba de regresar de su estancia en Chile para completar así el año en el extranjero. Le gusta la literatura y la música. Este es el primer año que participa en La Taberna UEA.