Doctrina

Por Francisco Sánchez Gil

Escribió Calderón allá por el mil seiscientos, que la milicia no era más que una religión de hombres buenos. Mucho tiempo ha pasado desde entonces. Obviamente, los soldados ya no son los mismos mercenarios a sueldo que cubrían las filas de los tercios austrias intentando buscarse la vida como buenamente podían, pero la esencia sigue siendo la misma.

Si miramos al ejército desde abajo, desde el punto de vista de aquellos a quienes les toca dormir en el barro, los problemas de los soldados no son tan diferentes: mala paga, peor comida, oficiales ineptos y niveles de corrupción dignos de una dictadura tercermundista. Esta es una institución que, desde hace más de cuarenta años, ha permanecido aislada de un país que avanza con paso torpe e indeciso, siendo el reflejo de sus mayores virtudes y a su vez, defectos; añorando tiempos mejores y proclamándose fiel defensora de algo que desconoce y teme. Cualquier atisbo de ideas progresistas es automáticamente aislado y digerido por una máquina perfectamente engrasada, preparada para sobrevivir durante cuarenta años más en un ambiente que cree hostil.

Posiblemente uno de los aspectos más llamativos para un joven que se inicia en este mundo es el vocabulario. Antes de poder empezar a desteñir el uniforme, términos como "diana", "retreta” o "policía" pasarán a formar parte de la vida diaria. Más tarde otros muchos se irán incorporando, así como listas interminables de siglas. Ya con cierta perspectiva, una de las más llamativas para éste que escribe, es MADOC, en referencia al órgano encargado de la educación de las tropas o, para ser más exactos, tanto en la forma como el contenido, adiestramiento y doctrina.

Si bien cada unidad militar es un mundo en sí mismo, con sus normas y tradiciones heredadas por real decreto, las academias suponen un compendio de todas ellas. Convertidas en cementerios de elefantes regionales, donde instructores agregados de diferentes unidades conviven con aquellos destinados en ellas, luchan contra el reloj no para intentar formar soldados capaces, sino para conseguir que una manada de chavales recién salidos de sus casas, con suerte, no pierdan el paso el día de su jura de bandera. Sin más material que su memoria, sus experiencias y un manual tan obsoleto como los medios de los que disponen, se esfuerzan por explicar "a groso modo" principios básicos de leyes, armamento o estamentos militares.

  Dibujo de un militar.  VLADIMIR LEDÉVEB / 4EVER / FLICKR. 

Dibujo de un militar. VLADIMIR LEDÉVEB / 4EVER / FLICKR. 

El aspecto más importante es, sin embargo, el adoctrinamiento ideológico. Desde una posición paternalista, al recluta no sólo se le enseña a qué hora tiene que vestirse o acostarse, sino también que, con o sin razón, el mando es Dios. Su libertad y su integridad no valen de nada si el mando así lo decide. Las leyes son las que este dicta y su interpretación está sujeta a su voluntad. Es el quien va a decidir quién pasa y quien no, sin preguntas ni garantías. Sobre esta base se introducen los conceptos de justicia y lógica militar. Se enseña que, cuanto más sude en tiempo de paz, menos sangrará en tiempo de guerra. Se cantan himnos para recordar las glorias pasadas, así como mantenerse alerta porque, en cualquier momento, uno puede ser recompensado con una muerte gloriosa por su patria.

Siendo justos, la labor de adoctrinamiento no sólo depende del mando, existe un componente endógeno que se va gestando dentro de la propia convivencia y, qué a su vez, fue establecido por un componente exógeno procedente del adoctrinamiento institucional. Un sistema educativo deliberadamente diseñado para que el joven asuma sin cuestionar una serie de medias verdades que le acompañarán toda su vida y, que se verán consolidadas durante su formación militar, con el fin de reforzar valores tales como la abnegación o la sumisión. En pocos meses, la mente del joven, rebosará de las nobles gestas épicas realizadas por la gloriosa nación española, que bien podrían ser extraídas de la peor pesadilla de un historiador revisionista. Mirará con prepotencia a los civiles, porque el ya no es uno de ellos, de hecho, se encontrará en el escalón inferior a un ciudadano, aunque en ese momento esté muy lejos de ser consciente de ello.

Desde Pelayo a los Reyes Católicos, desde los Tercios “españoles” a Blas de Lezo, u otros más contemporáneos como Millán Astray, estos serán sus nuevos superhéroes que, envueltos en la Rojigualda trajeron gloria eterna a España. Ellos serán el espejo sobre el que se mire el recluta sumido en un mar de leyendas nacionalistas. El amor por la patria será incuestionable, así como su sumisión a los deseos de ésta, la cual, como si de una religión se tratase, expresará su voluntad a través de la voz de sus superiores.

  Un dibujo abstracto de una pistola.  VLADIMIR LEDÉVEB / 4EVER / FLICKR. 

Un dibujo abstracto de una pistola. VLADIMIR LEDÉVEB / 4EVER / FLICKR. 

Pronto la segregación aparece en todos los ámbitos. Están la tropa y los mandos: Los cuales, aunque sujetos al mismo régimen legal, gozan de diferentes aplicaciones en cuanto a la disciplina se refiere. Los españoles y los enemigos de España: aquellos que, guiados por un odio visceral, se atreven a cuestionar o a intentar cambiar cualquier tipo de orden establecido. Operativos y pistolos, antiguos y pollos, cualquier excusa es suficiente para establecer un estatus en el que, el esclavo, parezca menos esclavo que aquel que tiene enfrente.

Por suerte, el periodo de instrucción es tan largo como útil. Pasados unos meses el joven recluta llegará por fin a su unidad, con el pecho hinchado y un contrato temporal que, con suerte, irá encadenando durante 27 años. Pronto descubrirá la inutilidad de ésta en cuanto a preparación y contenidos, así como la cruda realidad cuartelera. Durante su estancia, tendrá que lidiar diariamente con una suerte de realidad aumentada, repleta de apariencias, egos y enchufismos, sin regulación ni imparcialidad y donde el agresor es, en ocasiones, juez y verdugo del agredido; y dependiendo del color y la forma del galón, puedes perder tu libertad sin garantías jurídicas durante semanas, o ser condenado a pagar una cerveza en la cantina de mandos. No tardará en conocer la definición del término servidumbre y aprenderá que, de pegar tiros en el monte a construirle una caseta climatizada al perro de su coronel, solo hay una llamada telefónica.